El síndrome del niño rico

Muchas veces creemos que no estamos haciendo lo necesario por nuestros hijos o alumnos, hasta el punto de convertirse en un ‘vicio’ el hecho de estar pendientes de casi cualquier detalle que se pueda mejorar. Esta actitud, que a priori da a entender que somos unos padres muy responsables, tiene un lado oculto: puede convertir a nuestro hijo en una persona sumamente exigente (para éste tema ver el post Estilos educativos (I): la sobreprotección en el que hablamos sobre el Síndrome del emperador). Sin embargo, hay un estadio intermedio antes de alcanzar dicho síndrome y es el que vamos a analizar brevemente en este post: el Síndrome del niño rico.

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¿Y cómo se relajan los maestros?

En el anterior post hablamos sobre cómo podemos trabajar con los alumnos la relajación después del recreo. Tal como ya indicamos, después de esa media hora de exaltación necesitan ellos (y nosotros) volver a centrar la mente, a evitar la dispersión. Pero déjame hacerte una pregunta: ¿cómo te sientes tú después de la última clase? Te has parado a pensar qué podrías hacer para relajarte? Hoy voy ha explicarte una serie de prácticas en base a mi experiencia personal y que creo que pueden inspirarte para motivarte a encontrar tu propia estrategia de relajación.

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Una forma de relajarse en clase después del recreo

Una de las cosas que más me preocupa cuando estoy ante mis alumnos es poder precisar el grado de atención que pueden tener después de esa vorágine necesaria llamada recreo. Casi todos suben excitados, con la mente muy dispersa debido a la cantidad de interacciones que han llevado a cabo. Sin embargo, es necesario para ellos esa media hora de descontrol y desfogue, puesto que la liberación de energía acumulada durante las dos primeras horas de clase lo requiere.

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Cómo hacer preguntas que tienen en cuenta la educación emocional

Como muchos de vosotros/as ya sabréis, la educación emocional debe de ser concebida y practicada como un trabajo del día a día, donde los resultados se observan a largo plazo gracias a la constancia, el esfuerzo y, sobre todo, mediante el ejemplo.

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¿Qué es la indefensión aprendida?

Uno de los errores más comunes que muchos padres y maestros suelen cometer con sus hijos y con sus alumnos es el de querer creer que ciertas conductas, comportamientos o actitudes proceden de una consolidación de un aprendizaje concreto. Sin embargo, esto no siempre es así, es decir, lo que puede haberse interiorizado no es precisamente el resultado de entender y llevar a la práctica una determinada virtud, sino más bien el hecho de haber cogido el hábito de dar como respuesta aquello que se espera de él o ella, con el objetivo de cumplir con las expectativas que los adultos se han hecho en relación a cómo deben ser las cosas.

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