¿Es la vida un problema?

Si prestas atención a las conversaciones de café, aquellas que tienen lugar en cualquier momento y en cualquier lugar, como por ejemplo en la cola del supermercado o en la puerta del colegio, por lo general escucharás que la gente habla de… problemas.

Sin dejar de ser cierto, me formulo la siguiente pregunta: ¿por qué estamos rodeados de problemas? Es más, ¿puedes encontrar alguna persona que no tenga problemas? ¿Qué vida lleva aquella que no tiene problemas?

Me he parado a pensar sobre esta cuestión durante varios meses, intentando no formularme a mí mismo la engañosa pregunta sobre cómo dejar de tener problemas, sino averiguar por qué el ser humano vive constantemente rodeado de problemas.

¿Quizás tenemos problemas porque es un problema vivir? Pregunta de difícil respuesta. Intentado no dejarme llevar por las opiniones ni por las circunstancias, cada vez apoyo más la tesis que afirma que vemos más problemas de los que realmente hay. Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Qué hay detrás de esta afirmación?

Mi hipótesis, basándome en mi propia experiencia como estudiante, es que hemos (y estamos dando) una educación orientada a resolver problemas, es decir, el reto es un problema y nuestra respuesta ha de ser una solución a ese problema.

Después de una larga educación infantil, primaria y secundaria, y posiblemente una también larga educación post-secundaria (universidad, postgrados, ciclos formativos, másteres, doctorados, …) sólo podemos ver a través del condicionamiento que toda esta educación nos ha cargado a nuestras espaldas. En otras palabras, no hemos aprendido a vivir sin problemas a solucionar.

Como nuestra forma de realizarnos es dar soluciones (reto-respuesta) necesitamos ver constantemente problemas por todas partes, de lo contrario tendríamos que afrontar ese vacío que queda cuando no hay actividad a la qué dedicarnos. Fíjate bien, tanto en el plano material, como en el mental y espiritual, siempre hay un ‘algo’ que hacer: una ‘cosa’ que necesitamos para algo, una ‘idea’ a pensar, un ‘camino’ a seguir . Siempre hay la dependencia de algo externo o interno para ‘avanzar’ hacia ‘algo’.

Por consiguiente, de la misma forma que como estudiantes nos gustan unas asignaturas más que otras, también nos gustan más unos problemas que otros, por consiguiente, sólo decidimos involucrarnos realmente en aquellos que son de nuestro agrado. Graso error: aquí aparece la búsqueda de sensación, aquella que busca reafirmar que lo que hacemos nos causa satisfacción, aunque sutilmente estamos simplemente llenando un vació, huyendo de una sensación de desagrado en vez de afrontarla para comprenderla.

La vida nos trae oportunidades de todo tipo, en forma de experiencias agradables y desagradables, pero no necesariamente problemáticas. Es decir, la vida nos da oportunidades, nosotros ponemos la interpretación de esas oportunidades transformándolas en algo que sí sabemos manejar bien: los problemas.

Si nos paramos a vivir la experiencia en vez de intentar resolverla, veremos con el tiempo y con paciencia que ese condicionamiento se va debilitando hasta llegar a ver las cosas desde una perspectiva muy diferente.

Una educación basada en el reto-respuesta no debe plantearse únicamente como problemas a ser resueltos, sino también como experiencias (reto) a ser vividas (respuesta) con inteligencia. Pero como siempre, tendemos a confundir la inteligencia con el intelecto y aquí es en dónde empieza toda la confusión que vemos momento a momento, instante tras instante en nuestra realidad cotidiana y en la de los demás. Esa misma confusión, que consciente e inconscientemente arrojamos al mundo para que este continúe funcionando como hasta ahora: a base de problemas a ser resueltos.

En síntesis, educar el intelecto es educar únicamente una dimensión de la inteligencia humana: cognición, razonamiento abstracto, lógico, matemático, retórico, etc. En otras palabras, el intelecto se basa en la memoria y, por tanto, en el pensamiento y en el tiempo. Sin embargo educar en la inteligencia es educar en el sentir razonando, incluyendo todo nuestro universo emocional, simbólico y experiencial, algo incomparable para poder llegar al hecho que nos ofrece la experiencia del vivir instante tras instante.

Dejémonos de ideas, centrémonos en las cosas tal cómo son.

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