Estilos educativos (I): la sobreprotección

Con este post quiero abrir una serie de publicaciones en las que hablaré de cada uno de los cuatro estilos educativos que más difusión tienen hoy en día en las sociedades occidentales. Estas formas de educar son determinantes en cómo se van a forjar las personalidades de nuestros hijos y alumnos, dado que sientan las bases de las formas de entender el mundo, de interaccionar con él y de tejer las relaciones sociales.

Como norma general, dichos estilos educativos dan sus primeros frutos – quizás los más decisivos para toda persona – en la etapa de la adolescencia, la que, a su vez, acaba de asentar casi definitivamente los cimientos del carácter de una persona y que ésta utilizará como base para su imaginario y sistema de creencias a lo largo de casi toda la vida adulta. También es importante tener presente que esto no es sistemático, ya que hay personas que en base a sus experiencias particulares cambian su manera de pensar, de hacer y de ser.

Por otra parte, es importante tener en cuenta que cada uno de los diferentes estilos educativos tiene unas características propias que lo caracterizan y diferencian de los otros, además  de generar  un impacto concreto y unos efectos específicos sobre la persona que los experimenta. Evidentemente a cada persona le afectará en un grado concreto, pero en términos generales se suele presentar un patrón de conducta coherente con el estilo educativo recibido.

En este post hablaremos del estilo educativo llamado sobreprotector, y es el primero que quiero tratar ya que, por desgracia, es el más extendido hoy en día, ya se manifieste de forma más significativa o moderada en cada caso. Los otros tres, que iremos analizando en posteriores publicaciones, son: el autoritario, el negligente y el equilibrado. No hace falta decir que el ideal es el último, ya que intenta hacer un uso coherente y proporcional de aquello que llamamos mano izquierda y mano derecha. Si te interesa el tema de la autoridad, puedes echar un vistazo al post la autoridad bien entendida no es autoritarismo.

Para poder hablar del estilo sobreprotector, primero de todo debemos responder a la pregunta siguiente: ¿que es sobreproteger? La sobreprotección se entiende como aquel aislamiento que experimenta todo individuo cuando no le dejan enfrentarse por si mismo a un determinado hecho, normalmente considerado este último como perjudicial o no deseable. La idea principal es evitar el sufrimiento, ya sea ocasionado por una experiencia física o psicológica que se percibe como traumática.

Para poder llevarse a cabo la sobreprotección ha de existir, al menos, una relación de dos individuos – o bien entre un individuo y una institución, aunque este último caso no lo vamos a tratar ya que se sale de los límites de la educación ejercida principalmente por los padres y maestros. De acuerdo con esto, uno de los individuos se hace cargo de eliminar cualquier tipo de peligro que puede afectar a la integridad física y emocional del otro. Como es evidente, este tipo de comportamiento es propio del adulto, mientras que el niño o niña es el individuo receptor de la sobreprotección.

En base a los expuesto hasta ahora, vamos a definir que es la protección. Según el diccionario de la RAE proteger es resguardar a una persona, animal o cosa de un perjuicio o peligro, poniéndole algo encima, rodeándolo, etc. Una segunda definición que también nos proporciona el mismo diccionario es amparar, favorecer, defender a alguien o algo. Como podemos ver, las características de la protección tienen intenciones de preservación de la vida mediante la integridad física y moral, incluso de favorecer la seguridad emocional. El problema surge cuando llevamos al extremo esta protección, cuando casi cualquier cosa se convierte, a nuestro juicio, en una amenaza para la integridad de la persona que estamos protegiendo. Es entonces cuando de alguna forma hemos construido una burbuja alrededor de la niña o niño para evitar que nada, pero absolutamente nada le puede ocasionar el más mínimo resquicio de contrariedad.

Este comportamiento, lejos de ser patológico, sí que puede, no obstante, constituirse en un problema importante si se prolonga en el tiempo . Sobreproteger también quiere decir aislar, controlar todo aquello que rodea a cierta persona, y fruto de este aislamiento se crea una dependencia de una hacia la otra en doble sentido. Por una parte, el padre, madre o maestro sobreprotector necesita del objeto de protección para ejercer su valor potencial materializado en forma de acciones preventivas y disuasivas, lo que genera una necesidad de actuar. Por otra parte, el sujeto receptor de la acción de la sobreprotección cede gran parte de su autonomía al sobreprotector, pot consiguiente éste no desarrolla adecuadamente su capacidad emocional y social que le permite hacer frente a los retos que le van a surgir en el día a día.

Como consecuencias principales, lo que se consigue con la sobreprotección son futuros adolescentes-adultos con las siguientes características en mayor o menor grado de afectación:

  • dependencia de los demás,
  • incapacidad de poder forjar una opinión propia,
  • poco desarrollo de las capacidades sociales,
  • poca tolerancia ante la frustración,
  • insatisfacción generalizada,
  • desarrollo excesivo de la ilusión de la inmediatez o poca tolerancia a la espera,
  • imposibilidad de construir un proyecto vital propio,
  • síndrome del emperador.

De todas las consecuencias que se han enumerado, quizás la que más se manifiesta como evidente en los niños y niñas sobreprotegidos es lo que llamamos como el síndrome del emperador. Dicho síndrome se define como aquella actitud tiránica que adoptan los niños ante las debilidades de los padres debido a su exceso de protección. El juego consiste en que el niño o niña aprovecha la vulnerabilidad de los padres ante el hecho que no quieren que su hijo o hija sufra, con lo que claudican a ofrecerle todo cuanto éste o ésta desee para evitar dicho sufrimiento. No hace falta decir que este tipo de relaciones padres-hijos es fuertemente tóxica y que a lo único que conduce es a elevar el grado en el que se manifiestan las anteriores características de este estilo educativo.

Como ejemplo sencillo podemos recordar los tíos de Harry Potter: por una parte concedían a su hijo todo cuanto deseaba y éste nunca se sentia satisfecho, aun menos agradecido. Además, a juego con este ejemplo, se me pasaba comentar que muchos padres sobreprotectores suelen comportarse con un cierto nivel de desdén hacía los hijos de los demás, es decir, al igual que pasaba con el ejemplo los tíos de Harry Potter, todo aquello que queda fuera de la esfera de la sobreprotección puede incluso tratarse con cierto despotismo al no ser el objeto directo de la acción sobreprotectora.

En conclusión, es fundamental proteger para asegurar la supervivencia de los más pequeños, pero nunca a costa de anular sus capacidades de poder autosuperarse a sí mismos y crecer como personas. La sobreprotección nace de la inseguridad de algunos padres, especialmente por no saber medir adecuadamente la potencialidad de las posibles amenazas en las que se pueden ver retados sus hijos en la vida cotidiana. Una vez más, se trata de un tema cultural, y donde digo cultural la educación tiene mucho que ver. Los padres más abiertos y mejor preparados emocionalmente suelen evitar la sobreprotección, precisamente porque estan seguros de sí mismos al saber medir el alcance de las cosas. Este saber hacer tiene su punto de partida en el sistema de valores que ellos han experimentado de pequeños, por tanto, si damos sobreprotección no esperemos que con ello consigamos adultos más seguros de sí mismos. En otras palabras, no se puede educar en términos de inteligencia emocional cayendo en la trampa de la sobreprotección, puesto que con ella logramos, precisamente, los objetivos opuestos a la libertad, la seguridad emocional y la autonomía individual.

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