Educar para la felicidad (II)

En el anterior post sobre la educación para la felicidad vimos que en épocas anteriores de la humanidad habían cánones sobre qué podría entenderse por felicidad. Sin embargo, en nuestros tiempos ya no existen pautas concretas para definir que es la felicidad, y, por tanto, para educar en la misma. En otras palabras, existen tantas aproximaciones a la felicidad como individuos sobre la tierra hay. En este post voy a revisar mi concepto particular de felicidad, sobre el cual estructuro mi estilo de enseñanza. Antes que nada me gustaría volver a recalcar que no es el único y que no tiene porque ser tampoco un marco ‘base’ para desarrollar otros estilos, pero sí que creo que puede inspirar a muchas personas, incluso ayudar a plantearse algunas preguntas sobre qué podrían revisar con respecto a su estilo docente para poder poner más énfasis en aproximar a los alumnos a una visión de la realidad más beneficiosa para su ser y bienestar, tanto individual como común, que la que actualmente están absorbiendo espontáneamente a través de los medios de comunicación y que no conducen a nada más allá del consumismo desenfrenado.

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Educar para la felicidad (I)

En la antigua Grecia, el concepto de felicidad estaba muy bien acotado. Según Aristóteles, un hombre feliz era aquel que disponía de tiempo de ocio, tiempo de trabajo, un equilibrado nivel de ingresos (ni demasiado poco como para pasar miseria, ni demasiado mucho para no descarriarse) y sobre todo, amistad y amor. Toda persona que tenía acceso a una educación filosófica comulgaba con ese concepto de felicidad, el cual ha perdurado y también se ha revisado durante otras etapas posteriores en la historia de la humanidad.

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