Vida líquida – Zygmunt Bauman

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ISBN: 978-8408040958 – Acabado de leer el 17 de junio de 2016

Puntuación personal: 7/10

Zygmunt Bauman expone los principales síntomas de la liquidez de nuestra sociedad haciendo especial hincapié en el paso de una sociedad de productores a una sociedad de consumidores. Analiza las consecuencias sociológicas derivadas de la concepción del mundo que las personas de la sociedad del consumo van construyendo a lo largo de su vida.

 

Mis notas

La modernidad se caracteriza por dos etapas plenamente antagonistas: la etapa sólida y la etapa líquida. La etapa sólida se relaciona con una sociedad de productores, es decir, la etapa en la que las instituciones, relaciones y creencias son perdurables en el tiempo. Por contraposición, la etapa líquida es aquella que se relaciona con una sociedad en la que las cosas no tienen una continuidad en el tiempo, son líquidas: de la misma forma llegan, que de la misma forma se van.

El consumismo, tal y como lo muestra Bauman, responde a la necesidad de crear deseos constantemente. La satisfacción de éstos sería el fin de éste sistema, ya que él mismo tiene razón de ser en la misma medida que es capaz de crear falsas necesidades y erróneas expectativas. Todo está centrado en alimentar la creencia que en los productos vendidos a través de los comercios de cualquier tipo – y más especialmente los pertenecientes a cadenas de multinacionales – está la solución a nuestros problemas. La clave para la supervivencia de este planteamiento pasa en que se crean expectativas, pero no soluciones. La rat race de la que se habla actualmente responde, precisamente, a romper con esta dinámica de trabajar hasta la saciedad para consumir productos que sólo alientan consumir más y, por ende, trabajar más y más para sostener un estilo de vida consumista que cada vez demanda más atención.

De la misma manera, para Bauman el consumismo es como vender mentiras: se basa en el engaño, el desperdicio, crea adicción y no contribuye para nada a la moderación tan necesaria en un planeta de recursos limitados. Precisamente, gracias a este comportamiento, las grandes promesas del progreso – trabajar menos, mayor calidad de vida para todos, mejores servicios públicos – se ha convertido en una lucha contínua, cuya luz al final del túnel cada vez se presagia más como un engaño que como una autentica esperanza.

El ideal consumista trabaja desde las edades más tempranas: hoy en día los más pequeños son los que reciben mayor ‘entrenamiento’ para convertirse, no sólo en los consumidores del mañana, sino también en los consumidores de hoy: anuncios televisivos, propaganda en los autobuses, centros comerciales cuyos escaparates estan atiborrados de juguetes, electrónica de consumo, ropa a la moda y un sin fin de estímulos e insinuaciones que tienen por objetivo modelar de forma progresiva la mente de las personas, independientemente de la edad y sin ningún tipo de prejuicio ético o moral: todo se vale si se trata de vender.

En épocas anteriores, un determinado producto estaba diseñado y construido con la esperanza que pudiera perdurar el máximo de tiempo posible; con la llegada de la vida líquida, el objeto que compramos ayer está hoy obsoleto porque ya ha salido otro con una nueva mejora que promete, por fin, satisfacer aquella necesidad que con otras versiones anteriores parecería imposible. Además, para todos aquellos que se resisten a seguir con la inercia del cambio y deciden permanecer con el producto de ‘ayer’, éste tiene una obsolescencia programada, es decir, un tiempo de vida en el que, te guste o no, una vez acabado el producto es o aparenta ser inservible, cosa que lleva por consecuencia la adquisición de su sustituto. Sólo es necesario observar que en el mismo momento de la adquisición de un determinado objeto, en él ya se inscribe a dónde se puede depositar una vez que decidamos deshacernos de él. Esto conduce a una concepción de que en la vida del consumidor es casi tanto o más importante el saber desprenderse a tiempo de los objetos obsoletos para acto seguido pasar a la compra del siguiente.

La única solución para que se rompa la dinámica consumista es que la capacidad de deseo permanente desaparezca del imaginario social o que, como mínimo, ésta se modere hasta cotas en que la sostenibilidad del sistema actual sea viable. Sin embargo, las dinámicas económicas actuales no permiten tal cambio de paradigma, ya que las pérdidas económicas o (peor aún) el hecho de no aprovechar oportunidades de generar más capital, ya son suficientes para dar al traste con cualquier iniciativa que intente respaldar la moderación en el consumo.

Aparentemente el problema no parece tener solución hasta que la sociedad, movida por una catástrofe de dimensiones considerables que realmente nos haga despertar de este sueño del crecimiento sin límites, realmente dé un golpe al timón y se oriente hacia el desarrollo de una conciencia más alineada con la vida en un planeta que se constituye como un oasis en un universo en el que el ser humano tan solo es un leve destello de una duración ínfima.

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