L’imperi de la incomunicació – Francesc Torralba

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ISBN: 9788490265987 – Acabado de leer el 27 de mayo de 2016

Puntuación personal: 7/10

El tema principal que el autor desarrolla en esta obra es el de la importancia del papel de la ética en las comunicaciones humanas, especialmente aquellas que se realizan a través de los recursos que ofrece hoy Internet y los dispositivos móviles.

 

Mis notas

En el primer capítulo se revisan los conceptos básicos que intervienen en toda comunicación (emisor, receptor, canal, medio, mensaje, código y contexto)  para poder sentar las bases de lo que a lo largo de la historia se ha tratado de definir como la buena comunicación. Cabe destacar que el autor entreve un deterioro de la comunicación presencial a favor de la comunicación virtual, pero sin entrar en el terreno dualista de favorecer una con respecto a la otra, sino aportando característica y ejemplos de lo que podemos considerar como mejor y peor de cada una de ellas.

Sin embargo, la comunicación virtual siempre se realiza a través de una pantalla, luego no se utilizan más que dos de los cinco sentidos (vista y oído) que sí utilizamos en la comunicación cara a cara: en la comunicación presencial nos percatamos de características que modulan la comunicación, como es el caso del olor del interlocutor; del uso que hace este del espacio (lenguaje corporal o kinésico); la información que nos trasmite el propio contexto comunicativo (si estamos en la calle, en una sala de reuniones o en casa, entre muchos ejemplos); percibimos de forma más clara los matices y entonaciones que denotan las intenciones del discurso del hablante (paralenguaje) y experimentamos directamente la enfatización que este pueda aportar mediante el tacto y la gesticulación.

Por otra parte, en términos de realidades, la cibercomunicación ofrece un sin fin de posibilidades que modifican algunos de los aspectos temporales que sí se continúan dando en el plano físico. El acceso instantáneo – en la casi totalidad de los casos – a la información más reciente crea, según Torralba, una sensación de velocidad que apaga o impide el correcto desarrollo de virtudes humanas como la paciencia, la resignación y la perseverancia. En otras palabras, nos volvemos, a medida que avanza la tecnología en el plano mediático, más impacientes. Pero esta impaciencia la transportamos de forma inconsciente al plano físico, esperando que los tiempos en el plano tangible sean, como mínimo, comparables a los del plano virtual. Al no poder verse nuestras expectativas realizadas, aparece la frustración y de nuevo se recurre al plano virtual para compensar la misma. Entonces es cuando se entra en un círculo vicioso que genera, cada vez más y más dependencia de las relaciones virtuales, provocando una preferencia por la interacción y comunicación virtual que va en detrimento de conservar y mejorar nuestras capacidades sociales de comunicación en el plano real.

Para poder ilustrar los conceptos de proximidad y lejanía comunicativa y social, el autor nos recuerda la parábola del erizo de Arthur Schopenhauer: una vez llega el invierno, una comunidad de erizos intenta protegerse del frío. Se aproximan entre ellos para poder resguardarse en el calor que genera la cercanía. Sin embargo, no paran de herirse unos a otros con sus espinas y deciden volver a separarse. Por el contrario, el otro peligro, el del frío, vuelve a acecharlos, provocando que vuelvan a reunirse nuevamente. Otra vez vuelven a herirse y a separarse, y así sucesivamente. La diferencia es que en cada aproximación hay cada vez menos heridos, hasta que llega un momento en que consiguen guardar una distancia de proximidad que les permite resguardarse en el calor y una lejanía suficiente para no herirse.

Con esta parábola,Schopenhauer nos quiere decir que tenemos una necesidad vital, como animales sociales, a convivir con los demás, a comunicarnos con el prójimo para vaciar en ellos nuestras aspiraciones, puntos de vista, intereses y preocupaciones, aunque también necesitamos un espacio vital en donde se respete y proteja nuestra intimidad, de donde no salgamos heridos por un exceso de abertura al otro. Actualmente, se está recurriendo a las comunicaciones virtuales para compensar la falta de proximidad en las relaciones presenciales (esto sería algo así como el frío del invierno). Aún así, en las relaciones virtuales se corre el riesgo de exponernos a las espinas del otro erizo dado que el concepto de proximidad y lejanía se difuminan entre sí, dando la sensación de comunidad en la distancia.

Como conclusión a esta narración, Torralba sentencia en una frase un hecho que yo mismo he podido comprovar y, que por tanto, abandero en su totalidad: es tan perjudicial el exceso de aislamiento como el verse integrado en un grupo de cualquier tipo con calzador. Cada persona necesita encontrar un balance, un equilibrio entre proximidad y espacio vital. Si esto no ocurre, entonces aparecen los problemas, ya sea por falta de comunicación, ya sea por exceso de la misma.

También resulta prudente resaltar el hecho que, paradójicamente, el exceso de información puede resultar perjudicial.  En pocos años se ha pasado de disponer de unos pocos recursos para comunicarse (carta, postal, teléfono y fax) a una superabundancia de medios de comunicación de disponibilidad immediata para su uso. La confluencia entre Internet y los dispositivos móviles ha propiciado una capacidad comunicativa sin precedentes. Todos estos recursos: redes sociales, mensajería instantánea, correo electrónico, videoconferencias, blogs y tantos otros, abren las puertas a un mundo de los instantáneo, de lo inmediato.

Pero, tal y como nos propone el autor, ¿hasta que punto tener tantos recursos para comunicarnos facilita la comunicación? ¿Hasta que punto la comunicación existe en sí misma? ¿Qué nivel de calidad hay en dicha comunicación? Tenemos mucha tendencia a hablar de números, es decir, de expresarnos en términos cuantitativos, pero ¿hasta que punto nos planteamos realmente la calidad de aquello que comunicamos? ¿Hasta que punto la calidad es percibida y valorada por parte del receptor? El hecho de inundar segundo a segundo Internet con mensajes, artículos, imágenes, vídeos, y otros tantos elementos comunicativos ¿garantiza que se está realizando una comunicación efectiva? Además, hay que considerar el contexto comunicativo y la intención del autor en el momento de lanzar esos contenidos a la audiencia. Digo lanzar, porque muchas veces no se tiene en cuenta el verdadero impacto de aquello que publicamos, decimos o presentamos en las personas que lo reciben. Esto es síntoma inequívoco de que la comunicación no se está llevando a cabo desde el punto de vista de cómo lo va a digerir el otro. También es cierto que en una audiencia tan extensa y diversa como puede ser la que se encuentra en cada momento en Internet puede dificultar la elaboración del discurso por parte del emisor, pero no por eso vamos ha desistir de intentar conseguir la excelencia comunicativa.

Por otra parte, Torralba define el término pornocomunicación, el cual hace referencia a todos aquellos actos comunicativos en donde la ética no está presente. En otras palabras, en el acto comunicativo se hace explícito cualquier detalle que con un sentido moral más elevado se evitaría.  Los efectos que tiene el impacto de la pornocomunicación en nuestro día a día es el de desensibilizarnos, es decir, nos acostumbramos a ver todo tipo de excesos hasta el punto de elaborar la creencia de que la realidad es así, que exige eso, que se mide por esos parámetros. El caso es que a mayor exposición a la televisión basura, al marketing agresivo, películas de violencia explícita y a otros tantos ejemplos que podríamos poner, nuestra cultura se ve afectada especialmente por una pérdida significativa de nuestra capacidad crítica. Sin dicha capacidad no somos capaces de poder decidir en base a unos criterios concretos, con lo cual, nuestras elecciones son cada vez más dependientes de la clase de estímulos que nuestro ambiente nos envia. Por tanto, toda comunicación que abandere la ofensa, el daño y el perjuicio es considerada pornocomunicación.

La solución para poder afrontar un cambio de actitud en relación a este fenómeno en una sociedad cada vez más influenciada por este tipo de comunicación radica en la educación de la sensibilización. Estoy plenamente de acuerdo con Torralba que un cambio real en cualquier sociedad sólo pueden suceder desde el cambio personal e interior de cada individuo: ningún replanteamiento político podrá realmente provocar un cambio en la forma de pensar de una comunidad, sociedad o país. Se hace cada vez más urgente, pues, que dicho cambio se comience a procesar desde este mismo instante, ya que los efectos de estos cambios en la forma de educar no tendrán un efecto visible en la sociedad hasta pasada uno o dos generaciones. Mientras tanto, en este espacio de tiempo sí que se pueden favorecer políticas que den más importancia a la educación y refuercen su verdadero papel como motor de cambio. Comparto con el autor tanto el hecho de que un giro de timón es tan necesario com urgente además de vital importancia para poder realmente conseguir mejoras significativas en la calidad de vida de las sociedades actuales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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