La sociedad del cansancio – Byung-Chul Han

sociedad_cansancioISBN: 978-8425428685 – Acabado de leer el 4 de junio de 2016

Puntuación personal: 8/10

La sociedad actual ya no es aquella que M. Foucault y Hannah Arendt describieron en su momento. En los tiempos que corren se ha pasado de una sociedad de la disciplina a una sociedad del rendimiento; el pensamiento del ser humano contemporáneo ya no se centra en el ‘debo’ sino en el ‘puedo’.

 

Mis notas

Según el análisis socio-filosófico de Byung-Chul Han, estamos ante un exceso de positivismo promovido principalmente por el hiperconsumismo. El antagonista, es decir, el negativismo, cada vez está más ausente en aras de una epidemia de la novedad, de la actualización, de lo nuevo, de lo mejor: ya no queda espacio para no creer que algo sea posible, por tanto, el negativismo está condenado irremediablemente a su desaparición. Sin embargo, los límites que el negativismo imponía mantenían, en cierto modo, un equilibrio entre los posible y lo imaginable, de tal forma que su ausencia deja rienda suelta a pensar únicamente en positivo, en que todo es posible con tan solo imaginarlo.

El exceso de positivismo alimenta una visión de las cosas en la que los individuos ya no se relacionan entre ellos por los valores, la ética y la moral: en las sociedades humanas actuales dejamos de ver al ‘otro’ para sólo ver una conexión social de la que se espera obtener un valor de intercambio, el cual nos permita avanzar hacia nuestro objectivo de acuerdo con la visión positivista de la cosas. Por ello, se hace manifiesta una incapacidad de poder ver más allá de uno mismo provocando un vacío que anula toda posibilidad de diálogo y, por tanto, de escucha.

El ensayo está particularmente construido sobre los cimientos de una sociedad que ha superado una etapa bacteriológica gracias a los progresos de la ciencia en el campo de la farmacología. Sin embargo, en la actualidad, y como en otras etapas anteriores de la humanidad, las enfermedades y patologías que la definen ya no proceden de un ámbito estrictamente vírico, sinó más bien neuronal. Las llamadas enfermedades del siglo XXI son la depresión, el trastorno de personalidad y el déficit de atención con hiperactividad, por citar sólo algunas de ellas.

Dichas enfermedades son manifestaciones del exceso de positivismo con el que el hombre contemporáneo mira el progreso: ya nada es imposible, sólo es cuestión de encontrar los recursos adecuados, tanto materiales como intelectuales, y ponerse ha hacer. El éxito o el fracaso vendrá determinado inexorablemente por la capacidad del mismo de planificar y ejecutar su proyecto vital, sin ningún tipo de posibilidad de co-responsabilizar dicha empresa con el resto de la sociedad.  El individuo ya no se ve empujado por una responsabilidad hacia su trabajo, sino más bien hacia su rendimiento: cualquier acción que no produzca un beneficio concreto, especialmente en términos de capital, se considera inútil. La consecuencia inmediata que yo particularmente observo en relación a este hecho es, sin duda alguna, la pérdida de sensibilización hacia las cuestiones humanistas: si la música, la literatura, el arte y la filosofía no son consideradas como válidas en términos de producción de capital, éstas pasan a ser, en el mejor de los casos, un simple complemento del ocio. Paradójicamente, esta pérdida de sensibilización en aras de una maximización sin límites del rendimiento nos lleva a una sociedad cada vez más bárbara, más egoísta y más candada. En otras palabras, fuera del individuo, las personalidades son solo abstracciones con fines específicos en momentos y lugares concretos.

Por otra parte, la imparable insurrección de la necesidad de transparencia evidencia la falta de confianza sobre las instituciones. Si bien hay motivos para ello, la transparencia sólo puede traer la disipación de la ‘otredad’. La publicación de cualquier transacción, decisión u operación llevada a cabo por una institución no sólo deja al descubierto aquello que hasta ahora era confiado a una maquinaria que ejecutaba su trabajo liberándonos de conocer los detalles de su funcionamiento: ahora se brinda la posibilidad de poder saber que está pasando casi en cada momento, por tanto también se crea la necesidad de estar pendiente de qué hace una u otra institución para poder actuar de inmediato. Como en una red social, las diferentes actuaciones de una administración son puestas en el time-line para que todo el mundo lo sepa: ¿esto realmente soluciona o llevará a solucionar el problema del supuesto malfuncionamiento institucional? Dicha transparencia puede tener un límite, es decir, ¿hasta que punto ser conscientes de todo nos hace mejores? ¿Es la supuesta falta de eficiencia institucional la principal causa de todo esto teniendo en cuenta que estamos en una sociedad caracterizada por la búsqueda incesante de una mejora del rendimiento?

 

 

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