Apuntes del subsuelo – F. Dostoyevski

subsueloISBN: 978-8420664484 – Acabado de leer el 30 de junio de 2016

Puntuación personal: 8/10

El ser humano reflexionando sobre quién es, qué le motiva, qué es lo que realmente desea. Detrás de un entramado de apariencias, el ser humano se descubre a sí mismo, el sentido que hay detrás de todas sus acciones.

 

 

Mis notas

Desde mi punto de vista, el punto clave de esta obra es la conversación que el protagonista mantiene con la joven del burdel, lugar al que llegó casi por casualidad después de autoinvitarse a la despedida del teniente Zerkov. Podríamos asegurar que toda la obra es una mera introducción al contexto en el cual se inscriben las reflexiones que el protagonista lleva a cabo en dicho encuentro. Las citadas reflexiones son de un claro corte existencialista – de hecho, este relato se considera una de las primeras obras de esta corriente filosófica, que abarcará desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, junto con la producción de Soren Kierkegaard – y tratan de mostrar la influencia del sujeto, del ser social, sobre la naturaleza humana: en todo momento se hacen alusiones de cómo se puede llegar a transformar el individuo a lo largo de su vida; primero está la existencia, luego el sujeto. Este sujeto es el resultado de una serie de experiencias y de un conjunto de razonamientos alrededor de ellas y por las cuales la persona se va convirtiendo en aquello que es hasta el momento. En otras palabras, Dostoyevsky ya nos da una pista de lo que más adelante Jean Paul Sartre esgrimirá como el eslogan del existencialismo: el hombre es aquello que decide hacer con lo que hicieron de él.

Una vez más se articula la idea de que la existencia precede a la esencia: para el protagonista, las cosas son como son y podrían ser de otra forma si se hubieran encarrilado los acontecimientos, las acciones y los pensamientos de las personas en otra dirección (en donde se intuye también una componente relativista importante). Sin embargo, hay una lección aprendida oculta en el relato, y es que antes de echar la culpa a las circunstancias, se ha de aprender a vivir. Esta cuestión el protagonista la tiene clara, aunque sabe que él no es el mejor ejemplo para dar consejos acerca de la moral de las cosas: él intenta convencer a la prostituta para que abandone el burdel ahora que aún está a tiempo, ahora que aún es joven; pero después de insistir e insistir, y aunque consigue abrir una brecha de autocompasión en la muchacha, no deja de verse así mismo como la antítesis de sus propias palabras. Se da cuenta que no habla desde la autenticidad, que lo que explica es un buen relato cargado de ética y sentido común (como si estuviera leyendo un libro, tal y como repetidamente y de forma irónica le recrimina la chica), pero que no es de aplicación universal ya que ni él mismo a sido capaz de seguirlo sin desistir. Él se da cuenta que es un predicador sin más valor que aquel que otros puedan otorgar a sus palabras, pero no es ejemplo de nada, ya que jamás las puso en práctica.

Finalmente, en los dos últimos capítulos del libro, el protagonista se descubre a sí mismo como un ser ruin, traidor, egoista y cobarde; la única diferencia que, según él, tiene con respecto al resto de la humanidad es que él se atreve a reconocerlo y no le importa mostrarse tal y como es ante el mundo. Sin embargo, incluso dándose cuenta que está destruyéndose así mismo, no puede dejar de vanagloriarse de su poco respeto por su vida y por la de los demás.

En conclusión, esta pequeña novela de Dostoyevski muestra el peligro que puede suponer dar rienda suelta a las emociones y los deseos. Constantemente, a lo largo y ancho de la novela, aparecen afirmaciones del protagonista en las que sentencia hacer las cosas simplemente por el hecho de tener ganas de hacerlas, no porque sigan un razonamiento lógico que indique que deban hacerse de una determinada forma. Esta constante reivindicación contrasta con las últimas páginas en donde el propio protagonista, frustrado por todo lo que ha pasado – especialmente por perder la oportunidad de poder empezar una relación con la ex-prostituta que supuestamente él salvó gracias a su charla pseudointelectual sobre los valores morales – intenta dar a entender que las personas no son aptas para hacer un uso responsable de su libertad. En otras palabras: según el protagonista, a más libertad, más descalabre. No deja de ser paradójico este hecho, pero aún más impactante es el hecho que no me extrañaría que tuviera razón: de la misma forma que un canario nacido en cautividad, al salir de la jaula no tardaría mucho tiempo en perecer por falta de hábito a esa libertad, a ese mundo exterior completamente desconocido para él. Las personas necesitan también un entrenamiento para poder ejercer dicha libertad; dicho entrenamiento radica en aprender a hacerse responsable de aquello que se piensa, se hace y se siente, y dicho entrenamiento, hoy por hoy, solo puede proceder de la educación. En definitiva, la libertad se contempla desde una perspectiva romántica desde el cautiverio, mientras que la misma se contempla con miedo cuando se puede hacer libre disposición de ella. Si como conclusión podemos afirmar que realmente es más fácil dejarse llevar, no es de estrañar que algunas cosas hoy vayan como van.