Educar para la felicidad (II)

En el anterior post sobre la educación para la felicidad vimos que en épocas anteriores de la humanidad habían cánones sobre qué podría entenderse por felicidad. Sin embargo, en nuestros tiempos ya no existen pautas concretas para definir que es la felicidad, y, por tanto, para educar en la misma. En otras palabras, existen tantas aproximaciones a la felicidad como individuos sobre la tierra hay. En este post voy a revisar mi concepto particular de felicidad, sobre el cual estructuro mi estilo de enseñanza. Antes que nada me gustaría volver a recalcar que no es el único y que no tiene porque ser tampoco un marco ‘base’ para desarrollar otros estilos, pero sí que creo que puede inspirar a muchas personas, incluso ayudar a plantearse algunas preguntas sobre qué podrían revisar con respecto a su estilo docente para poder poner más énfasis en aproximar a los alumnos a una visión de la realidad más beneficiosa para su ser y bienestar, tanto individual como común, que la que actualmente están absorbiendo espontáneamente a través de los medios de comunicación y que no conducen a nada más allá del consumismo desenfrenado.

En primer lugar, quiero destacar el fundamento esencial de mi visión particular de qué es la felicidad:

La felicidad consiste en el (auto-)descubrimiento y desarrollo físico, intelectual, mental, social y espiritual del propio individuo, haciendo pleno uso de sus capacidades, habilidades y motivaciones dentro de un marco en el que puede ejercer éstas en total libertad y siempre haciéndose responsable de toda acción u omisión, sean estas de la índole que sean.

Como podéis ver,  esta aproximación se fundamenta en dos pilares esenciales: la libertad y la responsabilidad que aquella lleva aparejada. No se puede ser feliz haciendo un uso irresponsable de la libertad, pues cualquier acción llevada a cabo tiene siempre una consecuencia, sea o no inmediata, en la propia persona, en las personas su entorno y en el resto de entidades (la naturaleza, los animales, las plantas, los objetos del mundo físico, las ideas, …).

Es por ello que la ética y la moral juegan un papel muy importante para poder llevar a cabo un uso responsable de la libertad. A partir de que se han construido los criterios básicos para poder llevar a cabo una acción libre bajo el yugo de la responsabilidad, estamos entonces en condiciones de poder abrirnos tanto al mundo exterior como a nuestro mundo interior, con el objetivo de descubrir aquellas realidades o ámbitos valiosos de la realidad que nos rodea.

Pero, ¿por donde se empieza a descubrir esas cosas valiosas de la realidad que nos rodea? Pues desarrollando sistemáticamente el sentido de la paciencia. Paciencia para poder prestar atención a aquello que nos rodea y que no se nos presenta de forma evidente, sino más bien como algo que debe de ser descubierto. Para poder iniciar este camino de (auto-)descubrimiento, es de vital importancia darse cuenta y valorar lo que ya se tiene, lo que ya se es, y dejar aún lado lo que podría llegar a ser. En otras palabras, vivir de manera plena la inmediatez del momento sin incurrir en la falacia del inmediatismo al que tan bien acostumbrados nos tiene el mundo tecnificado de hoy en día.

Vivir plenamente el momento, sin distracciones, intentado ver las cosas tal como son, es el primer paso real hacia la felicidad. Todo aquello que se proyecta en el futuro como un objetivo a alcanzar suele llevar a la creación de expectativas y, por tanto, a conducirnos hacia una postura de ‘el fin justifica los medios’ cuando las cosas no progresan de la forma que esperamos (o que nos gustaría), trayendo como consecuencia la ruptura de las pautas éticas y morales a las que nos referíamos más arriba.

Sin embargo, en el mundo de la educación todo está proyectado hacia el futuro: educamos para que nuestros hijos y alumnos se desarrollen en y para un futuro. Entonces ¿qué quiere decir que no debemos proyectarnos hacia el futuro? Pues bien, educamos para que en un futuro no se inicie la búsqueda de la felicidad en un constante buscar más allá del presente. ¿Cómo se puede estar satisfecho cuando una vez adquirido o logrado algun fin se esté casi inmediatamente pensando en otra cosa que debe de ser lograda o adquirida? Esta es la clave de mi propia didáctica para educar en la felicidad: el aquí ahora como un momento irrepetible que nos abre un sin fin de posibilidades si nos enfocamos en aquello que importa, en aquello que realmente nos llena, evitando el desperdicio de invertir tiempo y esfuerzo en proyectos y tareas que no nos aportan nada como personas. ¿Tiene sentido educar en todo? ¿No sería mejor educar para aquello que la persona se siente llamada a hacer? Si desde la pedagogía de vanguardia se aboga por una educación personalizada en donde se reconoce la singularidad de cada individuo ¿por qué tenemos leyes, planes de estudios y aulas destinadas a la ‘producción’ de ‘saberes’ homogéneos?

Me gustaría mucho oir vuestra opinión al respecto.

 

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