Educar para la felicidad (I)

En la antigua Grecia, el concepto de felicidad estaba muy bien acotado. Según Aristóteles, un hombre feliz era aquel que disponía de tiempo de ocio, tiempo de trabajo, un equilibrado nivel de ingresos (ni demasiado poco como para pasar miseria, ni demasiado mucho para no descarriarse) y sobre todo, amistad y amor. Toda persona que tenía acceso a una educación filosófica comulgaba con ese concepto de felicidad, el cual ha perdurado y también se ha revisado durante otras etapas posteriores en la historia de la humanidad.

Sin embargo, hoy en día, en nuestro mundo contemporáneo, podemos afirmar con poca probabilidad de error que ya no existe un canon específico con el cual definir qué es la felicidad. Aún así, intentamos educar para la felicidad promulgando leyes, estudiando nuevos métodos y utilizando nuevas tecnologías dentro y fuera de las aulas.

Yo me pregunto, ¿cómo podemos saber qué supone educar para la felicidad si realmente no tenemos claro qué es y qué supone la experiencia de la felicidad? Es obvio que el concepto aristotélico que anteriormente he comentado ya no es un precepto válido en el mundo actual. El contraejemplo que invalida dicho presupuesto es que en nuestras sociedades hay (todavía) millones de personas que tienen acceso a los componentes que el propio Aristóteles ya vislumbró, pero si les preguntas a estos sobre la experiencia de la felicidad, en la mayoría de los casos te dirán que falta ‘algo más’.

Ese ‘algo más’ es precisamente uno de los factores (no el único) que en educación, según mi opinión, eliminan de manera fulminante el acceso a toda experiencia de satisfacción, crecimiento y felicidad. Me gustaría ilustrar esta idea a través de un cuento popular muy antiguo que trata de un rey muy infeliz. Dice así:

Había una vez un rey que era muy infeliz. Tenía todas las riquezas que nadie podría llegar a imaginar, sin embargo siempre estava preocupado y triste. Un día, la reina decidió que ya era hora que un médico tratara éste asunto. Vino uno de los mejores médicos de todos los reinos conocidos y al cabo de unas semanas obtuvo un diagnóstico:

– Majestad, debe de encontrar a una persona verdaderamente feliz y ponerse su camisa.

El rey se puedo inmediatamente a buscar por todo su reino. Habló con el científico más prestigioso y le preguntó si era feliz. Éste le respondió que no, que no era feliz, porque aún tenía muchas cosas pendientes de estudiar y de descubrir. 

Más tarde, el rey habló con el hombre más rico que conocía toda persona y le hizo la misma pregunta. Éste le respondió lo siguiente:

– No soy feliz, porque aún no he ganado todo el dinero que desearía tener.

Y así fue encontrándose con multitudes de personas ilustradas y poderosas que únicamente le decían que eran todos infelices. El rey, mucho más triste aún, decidió regresar a su palacio.

Por el camino se encontró con un hombre que se divertía jugando con sus hijos. El rey se le acercó y le pregunto si era feliz. El hombre se lo quedó mirando extrañado por la pregunta, y le respondió que jamás se había planteado ese dilema, pero que se veía bastante convencido de responder que sí, que él se consideraba un hombre feliz. Entonces el rey le ordenó que le diera su camisa. El hombre extrañado le respondió:

– ¿Mi camisa? … yo jamás he tenido una.

Como moraleja de este cuento, quiero destacar que por mucho conocimiento, competitividad y orientación al producto que queramos conseguir transformando la educación en algo ‘vendible’, es decir, que nos haga más ‘competitivos’, no creo que consigamos ser más felices, simplemente más insolidarios, individualistas y competitivos. Sólo en la sencillez y en la moderación podemos encontrar la verdadera raíz de la felicidad humana. Sin embargo el mundo parece orientarse a las máquinas, lo distante y lo superficial, más que a lo humanístico, lo próximo y lo profundo. Aún así, creo que es decisión personal con qué corriente te ves más identificado. Yo por descontado que me quedo con la humanística, ¿y tu?

 

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