Las tareas evolutivas básicas

Una de las cuestiones más importantes en el ámbito de la educación es cómo adecuar los diferentes factores que intervienen en la construcción de la personalidad del niño o niña para poder asegurar que éste se desarrolla dentro de las expectativas asumidas. Estos factores son, entre otros, las diferentes estrategias utilizadas por parte de los educadores, el ambiente familiar, la relación con los adultos y con otros niños, los referentes, y así un largo etcétera. Sin embargo, la catedrática en psicología de la educación, María José Díaz-Aguado, en su obra Educación intercultural y aprendizaje cooperativo, señala que el estudio de la personalidad del niño se debe realizar partiendo, preferentemente, de las tareas evolutivas básicas (de ahora en adelante TEB).

Las TEB son todas aquellas situaciones de aprendizaje experimentadas por la niña o niño por las cuales estos adquieren las competencias imprescindibles para un correcto desarrollo posterior de la personalidad y las competencias sociales. Con el término ‘correcto desarrollo’ nos referimos a que la persona que ha tenido la oportunidad de poder hacer crecer estas competencias tendrá habilidades como la empatía, la seguridad en sí mismo, la necesidad de logro (motivación de eficacia), autocontrol y autoregulación, entre otras. Por el contrario, cuando estas TEB no se desarrollan del todo, o no se desarrollan correctamente, dichas habilidades se ven mermadas, incluso se pueden apreciar inexistentes en la persona con las correspondientes consecuencias en su vida e ideario social.

Es por ello que Díaz-Aguado especifica cuáles son estas TEB, por qué se caracterizan y qué implicaciones tienen en la construcción de la personalidad del infante. Más concretamente, estas tres TEB son:

  • Establecimiento de las relaciones de apego y vínculos sociales
  • Establecimiento de la autonomía y la motivación de eficacia
  • Desarrollo de la interacción con iguales

Vamos a analizar cada una de ellas teniendo en cuenta por qué cualidades se caracterizan y qué repercusiones, tanto positivas como negativas, tienen en la construcción de la personalidad del niño o niña.

Establecimiento de las relaciones de apego y vínculos sociales

La primera de ellas se centra fundamentalmente en la relación madre-hijo durante el proceso de amamantamiento, proporcionando ésta alimento, seguridad y cariño al bebé. Dicho de otra forma, se crea el apego instintivo a la madre y, por tanto, el primer vínculo social del lactante.

A partir de ésta experiencia, el pequeño empieza a construir sus propios modelos que actuarán de referentes para su visión personal del mundo y la forma en cómo éste se relaciona con la realidad. Son los modelos por los que la persona se apoya para asimilar y comprender las reglas de juego de la vida, aprendiendo lo que se puede esperar de los demás y de uno mismo; viéndose como una persona capaz de amar y de merecer amor; de poder confiar en los demás y en sí mismo; de regulación de las propias emociones y de liberación de su capacidad de ser él o ella misma.

El caso es que si ésta primera TEB se desarrolla adecuadamente, la competencia que resulta es aquella que hace menos vulnerable al individuo en situaciones de riesgo (tanto físico como psicológico) creando un efecto protector y una condición evolutiva compensatoria. Los efectos contrarios son, precisamente, los opuestos a estas cualidades: falta de autoestima, inseguridad y desapego, cualidades que por lo general son detonantes, en casos extremos, de agresividad y violencia por falta de adaptación social.

Establecimiento de la autonomía y la motivación de eficacia

La segunda TEB se relaciona también con la construcción de modelos referenciales, pero esta vez relacionados con el aprovisionamiento de recursos que permiten al niño o niña establecer relaciones seguras y el aumento de autonomía personal.

La regla general es que cuando el niño o niña alcanza sus metas por sus propios méritos y se ve reconocido por los adultos clave – aquellos cuya opinión es importante para ellos – estos desarrollan una motivación intrínseca que les permite aumentar el sentido de la curiosidad, el deseo de aprender más y mejor y la interiorización de los refuerzos positivos conseguidos.

A partir de aquí crece aquello que en psicología evolutiva es llamado motivación de eficacia, que es aquella motivación del niño por ser competente y verse capaz de influir en el medio social en donde se inscriben sus relaciones, existiendo una conexión muy estrecha entre el desarrollo de este tipo de motivación y la calidad de las interacciones que el niño establece con padres, adultos y maestros en su infancia – cosa que demuestra el papel decisivo que juega el entorno social del infante en el desarrollo de estas dos primeras TEB.

Sin embargo, cuando no se puede desarrollar correctamente esta TEB, el resultado, por lo general suele ser un niño dependiente de la aprobación ajena, cosa que limita enormemente el desarrollo de su propia autonomía.

Desarrollo de la interacción con iguales

Esta última TEB afecta a todo aquello que tienen que ver con la construcción de los modelos de relación del niño o niña con sus pares, es decir, con sus iguales. La relación que tiene con sus amigos y compañeros escolares permite al infante verse en el espejo de su propia personalidad, desarrollando relaciones de cooperación, apoyo mutuo, afecto y un sin fin de experiencias que son imprescindibles para la formación de la personalidad del pequeño.

Sin embargo, numerosas investigaciones realizadas alrededor de esta TEB demuestran que existe una relación muy fuerte entre las relaciones con los compañeros y el éxito o fracaso escolar. Esto es debido a que a la vez existe una componente que relaciona estrechamente dichas relaciones con la construcción de la propia identidad: ante mis compañeros no soy el hijo de mis padres, sino que soy una persona que se hace valer por sus virtudes, por sus valores o por su valor subjetivo como componente de un grupo social.

Estas relaciones proporcionan, de forma casi exclusiva, las oportunidades para compararse, para activar el proceso de adopción de perspectivas permitiendo la construcción del conocimiento sobre sí mismo y de los demás.

Sin embargo, no siempre se dan las situaciones más óptimas para el desarrollo de estas cualidades, esto suele ocurrir en tres circunstancias que se les suele llamar inhibidoras, a saber: cuando no existen dichas oportunidades para interactuar; cuando se interactúa sin haber adquirido aún las competencias necesarias para establecer relaciones simétricas; cuando dichas relaciones entre iguales sustituyen a las relaciones con los adultos.

En conclusión, es de vital importancia tener presente estas TEB dado que al parecer son determinantes en la construcción de la personalidad y que ésta será la que estará presente o latente durante toda la fase adulta de la persona. Precisamente la ausencia de desarrollo, o de desarrollo ineficaz de las TEB, se considera como una de las principales causas de la violencia escolar y conflictividad familiar y social, especialmente durante la etapa de la adolescencia. En cualquier caso, la mejor forma de intervenir cuando detectamos que alguna de las TEB no va por buen camino sigue una regla muy sencilla: actuar con conocimiento de causa, con prudencia, de forma decisiva y, sobre todo, de forma temprana.

 

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