¿Qué es la indefensión aprendida?

Uno de los errores más comunes que muchos padres y maestros suelen cometer con sus hijos y con sus alumnos es el de querer creer que ciertas conductas, comportamientos o actitudes proceden de una consolidación de un aprendizaje concreto. Sin embargo, esto no siempre es así, es decir, lo que puede haberse interiorizado no es precisamente el resultado de entender y llevar a la práctica una determinada virtud, sino más bien el hecho de haber cogido el hábito de dar como respuesta aquello que se espera de él o ella, con el objetivo de cumplir con las expectativas que los adultos se han hecho en relación a cómo deben ser las cosas.

Las ventajas de este comportamiento son de sobras entendidas por los más jóvenes: por un lado quedan bien ante los adultos (aquellos que representan la autoridad más inmediata que conocen) e incluso pueden obtener recompensas o privilegios en ciertas circunstancias al demostrar que hacen, dicen y/o piensan aquello que se espera de ellos.

Pero el caso es que este hábito no suele más que generar problemas y desavenencias entre jóvenes y adultos cuando los primeros son descubiertos – sobre todo en la etapa de la adolescencia. A partir de este punto suele ocurrir básicamente dos cosas: o bien el niño o el  adolescente entra en cólera, al no salirse con la suya mediante el método de la complacencia – con las correspondientes consecuencias que dicha actitud implica tanto para él o ella como para el entorno más próximo – o bien acepta a regañadientes el hecho de que no hay escapatoria y que a partir de ahora todo será del color que se le ha impuesto que sea. Pues bien, al conjunto de actitudes que nacen a partir de la impotencia que experimenta el niño o el adolescente ante una situación que no ven posibilidad de cambiar (ni siquiera con la complacencia) se le llama indefensión aprendida.

A todo esto, hay que ser conscientes de que los más jóvenes ven el mundo desde los ojos de alguien que tiene que abrirse paso en un mundo creado por los adultos, en el cual existen muchas normas, muchas reglas a seguir de acuerdo con cada contexto y situación particular. En base a esta experiencia, los niños y adolescentes suelen percatarse de las relaciones causa-efecto mucho antes que los adultos: seguramente porque ellos no tienen aún tantas cosas en la cabeza y pueden enfocar mejor su atención al observar y descubrir contradicciones en nuestras conductas, exigencias y rutinas que les permiten encontrar, gracias al uso de la imaginación, pautas que les permiten salirse con la suya.

Un ejemplo de sobras conocido por muchos padres y maestros en relación al hecho de explotar una debilidad emocional  de un adulto por parte de un niño u adolescente es la clásica de la cesión por insistencia: el niño o niña descubre que insistiendo e insistiendo sobre una determinada cuestión (incluso durante días y semanas) puede llegar a neutralizar la capacidad de resistencia de un adulto a continuar diciendo que no. Sin embargo, la indefensión aprendida no trata de cómo la niña o el niño consigue salirse con la suya mediante una u otra técnica, sino que tal y como hemos dicho, trata de cómo éste se rinde ante las circunstancias.

Las consecuencias de la indefesión aprendida son importantes a tener en cuenta tanto por padres como educadores: sus efectos tienen repercusiones en la forma de construir su visión del mundo y de cómo enfrentarse a las diferentes pruebas y obstáculos que toda persona se va encontrado a lo largo y ancho del camino de su vida. Por poner un ejemplo, la falta de implicación en los asuntos sociales, la apatía generalizada de la población en relación a temas tan importantes como la sostenibilidad, la solidaridad, la igualdad, la educación, la sanidad y la convivencia proceden, en la mayoría de los casos, de la indefensión aprendida que estos han experimentado a lo largo de la vida frente a las negativas recibidas (incluso el hecho de ser ignorados) por parte de las misma instituciones sociales que hacen posible la vida en sociedad. Un no puede ser motivador en tanto que la persona que lo ha recibido puede cambiar de actitud y mejorar sus estrategias para autosuperarse; pero un no absoluto, aquel que bajo ninguna circunstancia cambiará es el que provoca esa impotencia, esa apatía que a lo único a que conduce es, simplemente, a tirar hacia adelante sin cuestionarse nada, sin tener posibilidad de pasar a la acción, sin posibilidades de poder cambiar las cosas en base a su punto de vista, filosofía o moral. Todo esto mata la creatividad, la imaginación, la motivación y la responsabilidad, ya que esta última se pone en práctica a través del ejercicio de la libertad, la cual se fundamenta en el pensamiento-acción que todo individuo en una sociedad democrática tiene el derecho de ejercer.

En conclusión, la indefensión aprendida podría perfectamente considerarse un mal de escuela, ya sea dicha escuela la de educación infantil y primaria, el instituto, la universidad o incluso la más importante de todas ellas: la escuela de la vida. Es por ello que debemos estar atentos a que cuando nos formemos expectativas sobre qué resultados esperamos obtener, qué conductas esperamos observar y qué actitudes deseamos que se consoliden, no nos conformemos con tan solo observar que las pautas se cumplen, sino que debemos asegurarnos que ante todo el niño u adolescente a comprendido aquello que se le quería transmitir y, sobre todo, dejar que él o ella elija qué hacer: no se trata de crear personas capaces de ejecutar conductas, aprender contenidos y desarrollar acciones estériles, sino personas capaces de pensar, razonar y decidir qué quieren hacer haciéndose responsables de las decisiones que tomen.

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