Enseñar a dar

No estoy seguro si el tema que voy a tratar en este post puede considerarse o no innovación educativa. De lo que sí que estoy seguro es que cada vez más se hace necesario trabajar, tanto en casa como en las aulas, la actitud de dar como alternativa al recibir.

Especialmente en los tiempos que corren, cada vez se habla más de modelos alternativos al consumismo frenético que básicamente nos obliga a haber de pagar por todo y, por ende, haber de invertir un sobreesfuerzo importante para poder mantener un tren de vida que no parece que no llegue nunca a esa estación a la que llamamos bienestar real. Sin embargo, existen formas de poder sentirse mucho más satisfecho con la vida misma sin necesidad de sucumbir constantemente al deseo de comprar o acceder a algun tipo de producto o servicio el cual, en la mayoría de los casos, no es una necesidad real; al menos no lo es en términos de hacer más libre y autónoma a la persona, dos valores importantísimos para el crecimiento personal . Estoy hablando de enseñar-aprender a dar como alternativa al modelo imperante basado en el coger-acumular.

Actualmente está vigente la teoría que muchos estudios antropológicos y sociológicos defienden acerca de que nuestra naturaleza humana es tanto social como también lo es recolectora. En otras palabras, tenemos una dimensión de apertura, que es la que se manifiesta en términos vida en  comunidad-sociedad y una dimensión afectiva que, entre otras cosas, necesita crear un entorno que asegure la supervivencia. Con respecto a este último punto, se ha ido sobrevalorando cada vez más el hecho de poseer para poder asegurar dicha supervivencia, pero en la mayoría de los casos, especialmente en las sociedades modernas, se ha llevado al extremo de necesitar de la superabundancia de recursos para poder creer que realmente se tiene lo suficiente para poder asegurar dicha supervivencia. Tal como podemos entrever, se trata más de un aspecto subjectivo y psicológico que no realmente un hecho objetivo. En otras palabras, nunca se tiene suficiente en términos de acumulación por creer que se necesita más para afrontar los supuestos peligros y retos de una sociedad cada vez más compleja. Sin embargo, muchos estudios antropológicos, como los de Marvin Harris, demuestran que el ser humano no necesita de una superabundancia sin límites para sobrevivir en el mundo. De hecho se demuestra que realmente se necesita muy poco, aunque sí que también se necesita es de esa conciencia, hoy por hoy casi desaparecida en las sociedades occidentales, en donde la moderación te hace ver realmente qué es importante conseguir o conservar y qué no.

En base a estos argumentos, hay, además, que introducir una componente simbólica que es aquella necesidad de reconocimiento del individuo por parte de el resto de miembros de la comunidad-sociedad. Esta necesidad de ser reconocido, identificado por ciertas características o hechos que se le atribuyen, provocan también una falsa necesidad de adquirir-recolectar cosas  y hechos, más que acciones o virtudes. Por tanto, el conjunto de emociones, sensaciones y prejuicios culturales nos llevan a consolidar un imaginario que predica que para poder estar ‘al día’, ya sea en términos de supervivencia biológica como en supervivencia social, nos impulsa de forma más o menos inconsciente a coger, coger y coger cada vez más y más. Sin embargo, la sensación de seguridad, así como la de satisfacción, no se sacia nunca. ¿Qué esta fallando entonces? Para poder responder a esta delicada pregunta, se hace necesario plantearse otras más sencillas en primer lugar, como por ejemplo las siguientes: ¿hasta que punto hemos de estar siempre recolectando? ¿Nos hace realmente más felices tener más cosas? El núcleo de la cuestión, según mi punto de vista, es el hecho de que estamos demasiado acostumbrados a recibir, a coger y a guardar: en otras palabras, podríamos decir que se nos ha olvidado bastante, especialmente a los adultos, aquello que se entiende por dar sin esperar a recibir.

Evidentemente, para poder llevar a la práctica un cambio de actitud en relación a esta tendencia, se hace inevitable practicar el dar, pero ¿cómo se puede llevar a cabo esta práctica? La respuesta pasa por muchos matices, pero, en mi opinión, el más acertado y natural método para entrenar esta manera de hacer es llevarla a cabo a partir de la práctica diaria, a través de pequeñas acciones junto con la posterior reflexión en cuanto a qué sentimos, en qué hemos ayudado, qué hemos aportado al ecosistema y en qué hemos mejorado nosotros mismos. Una oportunidad excelente la brinda la familia, especialmente aprovechando el tejido social en la que se ve inmersa y cómo ésta se relaciona con la comunidad, vecindad o localidad en los tiempos de ocio. Estas relaciones permiten dedicar tiempo a acciones desinteresadas de casi cualquier tipo despertando así la práctica y el interés por el dar.  Además, esta actitud también se puede reforzar y perfeccionar en las aulas mediante pequeñas (y grandes) acciones diarias que pongan en práctica la solidaridad y el desinterés por hacer el bien común. Estos dos entornos -la familia y la escuela – son ideales per practicar y a la vez hacer visibles los efectos positivos del dar.

Un caso práctico para los momentos de ocio familiares consiste en los voluntariados ecológicos, las participaciones solidarias en organizaciones locales o regionales y casi cualquier jornada o actividades que ofrecen las diferentes ONG’s. El caso es que el voluntariado enseña a ver el trabajo realizado como una aportación a un bienestar común, no únicamente como una operación que produce únicamente riqueza en términos económicos. En otras palabras, el voluntariado aporta como principal valor didáctico el conocer la riqueza personal y colectiva que tiene el dar. Este dar se materializa dando tu tiempo y tu esfuerzo; además, es uno de los desencadenantes más importantes para poder aprender a ver el valor real de las cosas más que su precio.

Cuando en el imaginario de un individuo está más presente el dar que el recibir, la persona se hace más independiente de cosas superfluas, es decir, diferencia con más claridad qué es aquello importante de lo que no lo es. Esto conlleva a tener una vida más consciente, más independiente del consumismo agresivo que invada actualmente a las sociedades en términos globales, y, por tanto, despierta más interés por lo colectivo, por lo humano. El hecho de estar más preparado para dar que para recibir comporta recibir la satisfacción como premio y no únicamente una cantidad de dinero que en muchas ocasiones no se sabe que hacer con él que no sea gastarlo inconscientemente en cosas que realmente no aportan una mejora autentica ni para el propio individuo ni para el conjunto de la sociedad en general.

Por otra parte, cuando se aprende a dar, también se aprende a respectar el ecosistema tanto natural como social. Las personas que psicológicamente estan más predispuestas a dar, a ayudar a los demás, son más tolerantes, disponen de mayor capacidad para gestionar mejor sus emociones, ven más claro qué es lo que realmente merece la pena atender como una urgencia y suelen ser más creativos en términos de innovación.

En definitiva, el aprender a dar nos enseña mucho más de lo que nos pueda aportar jamás el aprender a tener. Nos enseña los valores éticos de la colaboración, la solidaridad, el respecto por los demás, la moderación, la autonomía y, sobre todo, a ser cada vez más libres al saber escoger mejor por el simple hecho se saber de antemano qué es aquello importante y qué no lo es. Pero para ello, tanto las familias como la escuela, así como los adultos en general, han de aprender a dar esos momentos a sus hijos, a sus alumnos; aquellos momentos en que se aprecia y se respeta la vida tanto la propia como la ajena; son aquellos momentos en que realmente dejamos de pensar en nosotros para poder formar parte de un todo al que irremediablemente pertenecemos como seres de este planeta.

 

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