Los hombres también lloran

Hoy es un día muy especial porque es la primera vez que nuestro hijo se va de colonias.
Después de varios días de estar preparando y revisando con él, una y otra vez, todas las cosas que el colegio nos ha indicado en una lista, llega por fin la hora de acostarse no sin antes acabar de imaginar y comentar las incontables experiencias que las colonias nos deparan. Son momentos muy especiales, especialmente por la intensidad con la que los vivimos.

Mi hijo, como gran previsor que es, me pide que lo despierte cuando me levante para ir a trabajar, ya que yo normalmente me pongo en pie antes que él. De esta forma empieza nuevamente la ilusión por el que será, sin duda alguna, un gran día.

Realmente son unas colonias cortas, ya que sólo pasaran una noche fuera, pero en el fondo, también sirven para poner a prueba a los padres primerizos, como nosotros, de que madera estamos hechos. Con esto quiero decir que ya he perdido la cuenta de cuantas veces ha estado a punto de saltarme la lagrimilla cuando me imagino el momento en el que hoy, al ir a buscarlo al colegio, sólo tendré que recoger a la pequeña y, sin lugar a dudas, ella también lo echará en falta, puesto que siempre me recuerda que no nos olvidemos de recogerlo a él también. Hoy su incansable compañero de juegos no estará, y esto, aunque parezca una exageración, aunque de una u otra forma pueda ser más o menos llevadero, no deja de tener, por pequeño que sea, aquello que llamamos un coste emocional. Además, estas sensaciones no te las acabas de quitar de encima en todo el día: ni ese cosquilleo en el estomago, ni la flojera en las piernas cuando piensas que esto sólo es un aviso para lo que vendrá de aquí unos años con la adolescencia.

Hasta aquí todo es sano y normal: las inseguridades de los padres, si se entienden y gestionan correctamente, no dejan de ser un mecanismo instintivo para la conservación de la vida y una oportunidad para crecer como personas. Las madres suelen ser las más sensibles y mejor preparadas psicológicamente para este tipo de cosas, mientras que los padres disimulan sus verdaderos sentimientos acogiéndose inconscientemente al rol social de ser los machotes que nunca lloran ni se alteran por cosas como estas.

Pero dejémonos de convencionalismos sociales, te puedo asegurar, por haberlo vivido en primera persona, que los hombres también lloran, y es lo mejor que se puede hacer cuando realmente se necesita, te guste o no. No sólo es una vía de expresión sino también una de las formas más adecuadas de liberar las tensiones emocionales cuando estas se generan. Eso sí, también hay que aprender a hacerlo, es decir, sin exagerar ni reprimirse.

Atendiendo a todo esto, hay que ser conscientes de que el hecho de intentar bloquear una emoción, sea por el motivo que sea (no es el momento adecuado, esto no lo hacen los hombres, que no me vea no se quién, etc.) puede resultar muy devastador a la larga, ya que es una parte de ti que no se manifiesta y, por ende, no se libera. Una emoción reprimida conduce en mayor o menor medida a un conflicto emocional, que por muy suave que sea, por muy inocente que parezca, ahí se queda esperando para salir más adelante, ya sea sumándose a otras emociones que sí se liberan o bien disfrazándose ésta de otras con tal de que se le dé vía libre para manifestarse.

Sin embargo, uno de los recursos naturales más efectivos que el ser humano dispone para liberar emociones es la acción de llorar. Cuando lloramos se liberan muchas de las tensiones psicológicas y fisiológicas que se han generado ante una experiencia que desencadena un torrente de sentimientos y emociones. Además, si cuando lloramos experimentamos un efecto liberador, es porqué además se estaba creando un conflicto emocional que, de no resolverse, puede condicionar nuestra actitud ante la situación que estemos afrontando. A este fenómeno se le suele conocer como secuestro emocional y es cuando las emociones no liberadas toman el control de la situación influyendo enérgicamente en la toma de decisiones de la dimensión consciente. En otras palabras, las emociones nos llevan a actuar de forma irracional y compulsiva.
La forma de afrontar estas situaciones y evitar dicho secuestro es permanecer lo más serenos posible, para la cual cosa es necesario ‘entrenarse’, es decir, experimentar en primera persona situaciones diversas que nos pongan a prueba. Lo ideal es que estas situaciones sean graduales,
progresivas, aunque la realidad a veces no nos deja otra opción que tener que enfrentarnos directamente a las más difíciles de acometer.

Uno de los ejercicios prácticos más sanos y al alcance de todo el mundo para no entrar de pleno en la zona de secuestro emocional consiste en minimizar aquello que llamamos el pensamiento automático: cuando estamos ante un suceso que dispara una o varias emociones (incluso contradictorias), el secuestro emocional se puede evitar parándonos unos instantes a auto-observarnos cómo nos sentimos y cómo estamos dispuestos a reaccionar.
Observamos qué sentimos, cómo nos encontramos, en dónde físicamente notamos los efectos de la emoción (temblores, dolor de cabeza, etc) y respiramos profundamente intentando de forma consciente adjudicar un valor objetivo a la importancia de la emoción en relación
a la situación que ha provocado su manifestación.

Este ejercicio es muy interesante, especialmente para acostumbrarnos a no reaccionar inmediatamente ante cualquier circunstancia de forma precipitada, cosa muy importante cuando educas, ya seas docente o progenitor. Además lo podemos practicar en incontables situaciones del día a día: desde cómo vamos a reaccionar ante una llamada de teléfono que nos importuna, hasta cómo responder a un comentario inapropiado en una conversación de café en la oficina.

En conclusión, los métodos de para mejorar nuestra inteligencia emocional son diversos, incluso en ocasiones demasiado técnicos, pero igualmente hay que tener presente que cada experiencia emocional hay que observarla con detenimiento y evaluarla de forma objetiva, no impulsiva. La compulsividad tiene su origen en el secuestro emocional, en un mal hábito de nuestra mente que consiste en reaccionar inmediatamente cómo si nos perdiéramos alguna cosa si no lo hiciésemos o llegáramos tarde a algo. Para reeducarnos, la mejor forma es detenerse, observar y decidir qué hacer dándole mayor protagonismo a la parte consciente. De esta forma no tendremos necesidad ni de reprimir emociones ni de tener que acatar la irracionalidad a la que nos somete la impulsividad producto de los diferentes estímulos diarios que provocan en nosotros una sensación de descontrol ante nuestra vida. Por último, esta actitud también será un factor muy positivo tanto en nuestros hijos como nuestros alumnos, ya que con nuestras actitudes también educamos emocionalmente.

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