La autoridad bien entendida no es autoritarismo

Desde hace ya algunos años el tema de la autoridad, ya sea en el entorno familiar o escolar, ha dado de qué hablar, especialmente en relación a la confusión existente sobre el significado del termino. Si reflexionamos un poco acerca de la raíz etimológica de esta palabra, veremos que procede del latín auctoritas, cuyo significado es hacer crecer y prosperar. Se trata pues de un término estrechamente ligado a la labor educativa que procede ya de la Antigua Roma.

Sin embargo, hoy en día todo lo que suene a autoridad en los ámbitos educativos y familiares, de inmmediato se le atribuye inconscientemente un significado rancio, anticuado y antipedagógico. Ahora bien, de la misma manera que recibimos este mensaje que equipara injustamente la autoridad al autoritarismo, recibimos también la máxima que todo aquello que vale cuesta, y que se requiere de esfuerzo y de disciplina para alcanzarlo. Esto que aparentemente no parece tener mucha conexión es condición suficiente para poder entrever que hay necesidad de normas y de disciplina para conseguir el logro de objetivos concretos, y es aquí precisamente en donde me he puesto a reflexionar sobre si en esta relación existe algo más que casualidad o si bien estan relacionadas de alguna manera, lo que llegaría a contradecir esos mensajes que constantemente nos llegan acerca de la autoridad y de la constancia, especialmente a través de los medios de comunicación, estos últimos responsables directos de las diferentes creencias de la llamada cultura de masas.

Para poder realizar éste análisis con un cierto grado de rigor, debemos sintetizar qué es la autoridad hablando en términos de educación, es decir, hablando en términos de objetivos – que también sería extrapolable en otros ámbitos de la sociedad.  Por tanto, podemos considerar que la autoridad tiene las siguientes tres metas:

  1. La señalización de unas normas que se deben adquirir para lograr una verdadera formación.
  2. Transmitir a los niños y niñas las claves básicas que permiten interpretar la realidad que nos rodea.
  3. La atención y el cuidado de éstos para consolidar hábitos de comportamiento.

En el primer caso, la señalización de unas normas proviene de la necesidad de poder caminar en dirección a un destino concreto – el objetivo u objetivos – que en el caso de la educación es el de conseguir una formación integral de la persona, es decir, en todas sus dimensiones como ser humano. Dicha formación no se resume simplemente en un conjunto de conocimientos puramente académicos, sino más bien engloba un todo, que además de contenidos, también le da la misma importancia a la adquisición de competencias, habilidades y actitudes para poder utilizar adecuadamente en la vida real los conocimientos que se adquieren.

Pero tampoco es suficiente para una buena formación el mero hecho de consolidar una serie de conocimientos, competencias, habilidades y actitudes, también es necesario construir una visión del mundo que nos permita adoptar una postura y una acción ante los diferentes desafíos de la vida. Es por ello que, en términos de autoridad, se hace también necesario poner en marcha esa componente más bien filosófica en la que se inscribe el conjunto de herramientas y valores que permiten a los más jóvenes construir su propia visión del mundo y aplicarla mediante una actitud ética que reúne y da respuesta a sus inquietudes.

Finalmente, creo que ya no se hace necesario decir que para poder trabajar en la dirección que nos marcan los dos puntos anteriores se necesita de atención y cuidado por parte de la familia como núcleo central de sociabilización, por parte de la escuela como institución social y por parte de la sociedad como conjunto de personas que comparten una cultura y un porvenir común.

La utilidad de la autoridad

La autoridad bien entendida permite establecer los criterios, las bases, para que la niña o niño pueda ir integrando valores y criterios que le permitan de forma autónoma diferenciar aquello que está bien de aquello que está mal. Además, si recurrimos a lo que ya hemos comentado en el apartado anterior sobre las normas, la autoridad bien entendida permite a los niños construir su propia forma de interpretar la realidad en base a los resultados que las diferentes normas y exigencias dan a luz.

En definitiva, un niño o niña va a construir su personalidad a partir de los ladrillos que les demos para ello. Es por eso que debemos asegurarnos que el material de esos ladrillos les permitan, sobre todo, saber elegir mejor de entre las opciones y desafíos que la vida les pueda retar.

Factores que desprestigian la autoridad

En los últimos 25 años, concretamente desde la entrada en vigor y despliegue de la LOGSE, se ha venido experimentando un desprestigio progresivo de la autoridad, tanto en el ámbito familiar como en el educativo. Se ha escrito mucho recientemente sobre estos aspectos, debido a la urgencia que el problema plantea delante de un fracaso escolar sin precedentes en nuestra sociedad.  Uno de los autores que quizás es de los más sinceros, rigurosos y coherentes, tanto por su trayectoria en la labor docente como en la claridad de sus argumentos y afirmaciones, es Ricardo Moreno Castillo, el cual ha publicado recientemente  La conjura de los ingnorantes, ensayo que no tiene  desperdicio en el que realiza una profunda reflexión basada en su propia experiencia acerca de los diferentes hechos que han desprestigiado progresivamente la labor de las escuelas e institutos, especialmente en cuanto al conjunto de valores que se han perdido junto con las diferentes causas que lo han provocado, de entre ellas la pérdida de autoridad de los docentes, pero también de las familias con respecto a sus hijos. Teniendo en cuenta sus reflexiones y también las diferentes experiencias y conclusiones de otros autores como César Bona (La nueva educación) o José Antonio Marina (Despertad al diplodocus) junto con algunos de los aspectos que en las facultades de educación que hoy en día se están tratando en las áreas de familia, escuela y sociedad, podemos elaborar una lista con las principales causas que han desprestigiado la autoridad bien entendida en favor de una permisividad que no está logrando aquella educación para la vida de la que tanta urgencia tiene hoy nuestra sociedad:

  • La creencia que autoridad y libertad no son compatibles
  • La utilización del poder como sustituto de la autoridad
  • La incoherencia entre lo que se dice y luego se hace
  • Ceder ante la insistencia
  • Se permite lo que NO se aprueba
  • Las conductas negativas no tienen consecuencias
  • Se avisa, pero no se hace nada en caso de incumplimiento
  • Cuando el incumplir las normas le sale rentable al infractor
  • Cuando los padres se desprestigian el uno al otro en vez de prestigiarse

En conclusión y para acabar, a diferencia del poder, la autoridad no se da, sino que se consigue a base de tiempo y esfuerzo, siendo congruentes entre aquello que decimos y hacemos bajo la premisa que exigimos esfuerzo y constancia en la práctica porque se busca lo mejor para el niño o niña.  Pero además, toda buena autoridad ha de ser apelable, es decir, ha de reconocer cuando se equivoca y además rectificar. Esto es especialmente importante si se quiere conseguir el respecto y no el miedo a equivocarse. Por último, me gustaría enfatizar que es muy importante tener confianza en nuestras capacidades para educar, ya que muchas veces creemos que no somos capaces, cuando en realidad esto nunca es así. Allí donde nuestra capacidad educativa no llega, llegará nuestro amor, éste último pilar fundamental de la educación.

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