La educación en valores

Un tema recurrente que me encuentro con mucha frecuencia en las conversaciones de puerta de colegio, a la hora de recoger a los peques, es la preocupación – absolutamente justificada – de los padres por eso que todos llamamos la educación en valores. En mi caso particular, este es un tema sobre el que estoy trabajando intensamente desde hace mucho tiempo a la vez que intento investigar todo lo que puedo para luego llevarlo a la práctica dentro de mis posibilidades y limitaciones, aunque debo confesar de antemano que no es, ni de lejos, sencillo.

En primer lugar hay que tener en cuenta que los valores muestran al otro la esencia de lo que se es y también de lo que no. Son por ellos por los que nos conocen y somos reconocidos y, básicamente, una educación en valores tiene como consecuencia el desarrollo de personas que se constituyen amos de sí mismos, haciéndose responsables de las decisiones y acciones que toman en base al uso de su libertad y autonomía individual. En este sentido, hay que destacar la importancia de la tarea educativa como principal fuente de transmisión de valores, naciendo ésta en el seno de la familia y complementada por la escuela como institución social. La importancia de la triada familia, escuela y sociedad es la principal responsable que nuestros hijos o alumnos cultiven unos valores u otros.

Sin embargo, aunque lo más natural del mundo es pensar que el orden, la limpieza, la puntualidad, los horarios y las normas de convivencia son los valores más importantes a los que vamos a dedicarles la mayor parte del día a día, no son, ni de buen trozo, el sustrato del contenido educativo. Estos valores transmiten la necesidad de realizar un esfuerzo por garantizar una convivencia plácida con el resto de personas indicando los principios y límites por los cuales vamos a regir nuestro comportamiento de cara a la convivencia, pero se necesitan otros valores que son los que precisamente llenan el contenido humanístico de todo individuo y que sin ellos solo podemos esperar la progresiva deshumanización de la sociedad. Estos valores son la perseverancia (y no la obstinación), el sacrificio (y no el sufrimiento), la compasión (y no la lástima), la sencillez (y no la carencia), la humildad (y no el servilismo), la aceptación (y no la resignación), el respeto (y no el miedo), la amistad (y no el convencionalismo), y sobre todo el amor (sin confundir con el cariño). Todos ellos son imprescindibles para la persona, ya que son las herramientas por las que se forjará una ética y una moral que dirigirá sus actos hacia unos objetivos u otros.

Pero, si todos estos valores son tan importantes a tener en cuenta, ¿cómo podemos cultivarlos? ¿Con qué recursos podemos contar para ello? Básicamente, y en base a mi experiencia, existen dos recursos que normalmente llevan consigo buenos resultados: uno de ellos es la escuela para padres, concepto llegado a nuestras tierras allá por los años 70 y que recientemente parece ser que se da a conocer mejor que nunca, aunque aún hoy es una gran desconocida para muchas familias. El otro recurso es más personal, pero también más profundo y más efectivo cuando se entiende correctamente y se lleva a la práctica. Este consiste en realizar un acto profundo de autocrítica para revisar si nuestros valores son realmente lo que dicen y lo que valen. Esto se lleva a cabo poniendo a juicio aquello que decimos y comparándolo con aquello que hacemos; utilizar las experiencias del pasado como referente para saber si aquella decisión que tomamos realmente la tomamos por los motivos correctos; en definitiva, hacer un verdadero juicio interior sobre si aquello que decimos y hacemos está o no alineado con nuestra ética. En caso contrario no podemos esperar que nuestros hijos hagan algo diferente, y sería un descalabre pensar que la escuela está para suplir esa carencia que nosotros padecemos.

Finalmente, el ideal de vida por el que los valores se van interiorizando es el de conseguir acercarse al máximo al summum de la felicidad. Pero como cualquier otro concepto abstracto, la felicidad no se salva de ser desvirtuada por todo el ruido que los medios de comunicación, el estrés del día a día, las responsabilidades junto con las presiones sociales y laborales que se experimentan a diario, llevando a una falsa creencia sobre que lo fácil es felicidad. Un ejemplo de ello es confundir la felicidad con la facilidad: el hecho que luchemos por una vida más cómoda (cayendo en muchas incomodidades y sacrificios por una hipotética recompensa que al parecer nunca llega) dentro de una visión de la vida que nos dice que tenemos muy poco tiempo y muchas cosas por hacer en un solo día, lleva al error de pensar que la inmediatez y las facilidades son requisitos imprescindibles para poder llegar a esa ansiada felicidad (que no deja de ser un estado de ánimo que no alcanzaremos hasta que no prioricemos qué es importante y qué es superfluo).

En conclusión, para poder realizar una transmisión eficiente de los valores que hemos revisado, ha de existir una voluntad firme (basada en la perseverancia y la solidaridad) de cambio, de ajustarnos a lo que realmente ese valor significa para nosotros, de otra forma entraremos en contradicciones entre aquello que decimos y aquello que hacemos y creo que no se hace necesario recordar aquello de lo importante que es la coherencia entre lo que se dice y se hace cuando hablamos de educación. Este es el punto clave, puesto que nuestra conducta y nuestra actitud educan más que cualquier charla con nuestros hijos o alumnos.

Os invito a dejar comentarios sobre vuestro punto de vista sobre cómo debería llevarse a cabo una educación en valores.

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