La motivación

Me atrevería a decir que la motivación es, en la mayoría de los casos, el factor decisivo que determina el éxito o el fracaso de nuestras acciones. También hay que dejar claro antes de continuar que la noción de éxito o fracaso depende de lo que la propia persona entienda como logro o malogro , pero esto es arena de otro costal. El caso es que si tuviéramos que dar una definición de motivación, yo me quedaría con aquella que apela a la propia raíz del termino, es decir, tener un motivo para hacer una cosa. Ahora bien, ¿son todos los motivos iguales? ¿hoy motivos mejores o más apropiados que otros? Vamos a revisar qué se ha dicho al respecto y cómo nos puede ayudar esto en un aula.

Según enumera Victor Garcia-Hoz en su ya famosa obra ‘Educación Personalizada’, existen tres tipos de motivación: la motivación extrínseca, que es aquella que tiene que ver con todos aquellos factores externos al propio individuo o de pura necesidad vital, como la recompensas o el saciar la sed; la motivación intrínseca, que son los motivos por los cuales nosotros guiamos nuestra voluntad en base a aquello que nos resulta importante para nuestra experiencia; y finalmente la motivación transcendental, que es aquella que se centra en el hecho de dejar una huella personal, un legado para la posteridad. En otras labras, la motivación extrínseca va de fuera a dentro y la intrínseca y trascendental de dentro a fuera.

Una vez revisados los tipos de motivación podemos intentar ver las relaciones existentes entre la atención que pueden poner nuestros alumnos en el momento de realizar las actividades y los motivos que tienen para hacerlas. En el enfoque pedagógico tradicional las actividades se hacían más bien para conseguir un resultado al final del proceso, sin importar demasiado qué se ha aprendido en el recorrido (por ejemplo actitudes ante los compañeros, el respeto a la diversidad de opinión, la psicomotricidad, etc.). Este enfoque dejaba de lado el hecho de si el alumno entendía o no las razones del porqué hacía las cosas. En otras palabras, en la mayoría de los casos el aprendizaje no era significativo para el alumno. Con aprendizaje significativo nos referimos a aquellos conceptos, ideas, acciones, juegos, etc que apelan al interés del alumno, es decir, a su motivación intrínseca. Mientras que el enfoque tradicional basaba sus ‘motivaciones’ en factores externos a los alumnos (motivación extrínseca), como por ejemplo los resultados de la evaluación final y la promoción a un nivel superior, el enfoque que se pretendió iniciar con las legislaciones posteriores a la LGE fue el de dar más importancia al proceso y no tanto al resultado. Pero volviendo otra vez con el tema central de este post, nos planteamos la siguiente pregunta ¿cómo puedo yo como docente apelar a la motivación intrínseca de mis alumnos para que tengan verdadero interés en hacer las actividades? ¿como convierto su energía en pasión por lo que están haciendo?

Un ejemplo de planteamiento didáctico que siempre ofrezco cuando se me pregunta al respecto es seguir una pauta como la siguiente:

  • Realizar la evaluación diagnóstica a principio de curso para descubrir cuáles son los intereses reales de nuestros alumnos. Esto se traduce a preguntas del tipo ¿cuál es tu serie de televisión favorita? ¿Cuál es el videojuego que más te gusta o está de moda? ¿Cuál es la próxima videoconsola que esperas comprarte o que te compren?

  • Adaptar las actividades planificadas con el objetivo de contextualizarlas en base al contenido vital detectado en la evaluación diagnóstica. De esta forma las actividades apelan a los auténticos intereses de nuestros alumnos.

  • Realizar una evaluación formativa (a.k.a. evaluación continua) en donde el maestro se centre en detectar como se resuelven los puntos claves de la actividad para obtener un registro de puntuación basado en la observación de conocimientos, habilidades y actitudes del alumno ante el problema a resolver. Esto conlleva que las actividades grupales sean más interesantes para llevar a cabo este tipo de observación al ser más participativas y más interactivas entre los propios alumnos.

  • Concluir la unidad didáctica con una auto-evaluación o una co-evaluación, en donde más que una nota ‘a secas’ el alumno obtenga una medalla, un símbolo distintivo que sea observable por el resto de los alumos. En otras palabras, la de crear una marca personal, una reputación.

Para los que tengáis ganas de entrar en más profundidad sobre las estrategias basadas en el contenido vital podéis echar un vistazo al concepto llamado gamificación, y que no es precisamente muy actual aunque ahora se está imponiendo en muchos círculos académicos.

En conclusión, para hacer cualquier cosa necesitamos de un motivo y nuestros alumnos también. Esta idea es esencial para dar motivos significativos a nuestros alumnos y así poder conseguir la atención y las ganas que necesitamos ver para cuando hacen las actividades que les planteamos y así conseguir que todo el esfuerzo conjunto realizado entre docentes y discentes tenga como resultado un aprendizaje real y auténtico.

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